2011 7 19 Agresion contra Emilio Palacio

POR QUÉ EN EL EXILIO

 

A comienzos del 2011 publiqué en diario El Universo el artículo "NO a las Mentiras", en el que me referí al levantamiento que la tropa de la policía ecuatoriano había protagonizado en octubre del año anterior por reclamos laborales. El entonces presidente Rafael Correa dijo que lo secuestraron y lo intentaron asesinar, y con ese pretextó ordenó que las fuerzas armadas lo rescaten, en un operativo que dejó como saldo varios muertos.

En mi artículo afirmé: “El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto [de los implicados en la sublevación policial], en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente”.

Inmediatamente Correa presentó una querella penal contra mí, contra Carlos, César y Nicolás Pérez, dueños del diario, y contra la compañía anónima El Universo, acusándonos de injuria calumniosa. Pidió tres años de cárcel y una indemnización de 80 millones de dólares.

La audiencia de juzgamiento se realizó en un edificio de tres pisos tomado por soldados armados, con uniforme de combate. La policía cercó el lugar. Una muchedumbre de simpatizantes del gobierno gritó todo el tiempo a favor de Correa. No se permitió el ingreso a los ciudadanos que simpatizaban con el diario o conmigo. Al salir me lanzaron toda suerte de objetos y quisieron agredirme. Un grupo de policías me protegió y debió acompañarme un largo trecho, mientras los correístas nos seguían, insultándome a gritos.

Al día siguiente el juez Juan Paredes nos condenó a tres años de cárcel y a una indemnización para Correa de 30 millones de dólares.

Al poco tiempo se difundió un video del juez Juan Paredes en el que se lo escucha cuando reconoce que la sentencia de nuestro juicio se la llevaron redactada los abogados del presidente.

Apelamos, pero con el paso de los días, quedó claro que Correa no se daría por satisfecho fácilmente. En un esfuerzo por salvar al diario, renuncié a mi cargo y el 24 de agosto del 2011 abandoné el país con destino a Miami, donde solicité asilo.

El apoyo mundial a nuestra causa fue inédito. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió medidas cautelares a nuestro favor. The Washington Post tituló: "Autócrata de Ecuador arremete contra la libertad de los medios”. The New York Time describió la actitud del presidente como "Un asalto a la democracia”. El País, de España, advirtió que la condena contra El Universo, los hermanos Pérez y Emilio Palacio es "un grave atentado contra la libertad de expresión. Todos los periódicos colombianos de la Asociación Colombiana de Editores de Diarios y Medios Informativos (Andiarios) y todos los diarios del Grupo de las Américas reprodujeron el mismo día mi columna "No a las mentiras”. El Centro Carter divulgó un comunicado de 25 ex presidentes y líderes políticos expresando su alarma y preocupación por la sentencia. William Ostick, portavoz del Departamento de Estado, declaró que “este caso suscita profundas interrogantes sobre la libertad de expresión en Ecuador”. Ciento cuarenta escritores de Europa y América Latina, encabezados por Fernando Savater, manifestaron su repudio a la condena. Diario El Mundo de España me concedió el Premio Internacional de Periodismo.

Acosado, Correa anunció que nos "perdonaba", pero advirtió que si me veía a mí en la calle me caería a patadas. 

El 17 de agosto del 2012, el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos nos concedió el asilo a mi esposa, mis dos hijos y a mí.

Desde entonces vivo en Estados Unidos.

MI VIDA EN 820 PALABRAS

 

NACÍ HACE 65 AÑOS EN LA CIUDAD DE GUAYAQUIL. El Ecuador de entonces era un país muy pobre que no había descubierto aún sus reservas de petróleo. En mi casa se cocinaba con carbón vegetal, nos bañábamos con agua fría para ahorrar electricidad y no teníamos televisión ni teléfono.

Pero mi madre trabajó toda su vida como una condenada y gracias a ella supe que las personas pueden progresar. (En realidad me enseñó muchísimo más, pero necesitaría una cantidad inmensa de palabras para contárselos).

Cuando concluí el bachillerato, en el salesiano Colegio Cristóbal Colón, ya éramos una familia de clase media relativamente establecida.

Ingresé a la facultad de Economía de la Universidad estatal de Guayaquil, pero no concluí la carrera. No soportaba la mediocridad de varios de sus profesores -de izquierda o derecha, que en eso no mostraron grandes diferencias-, pero además necesitaba trabajar, así que ingresé a diario Expreso como corrector de cables. Los periódicos del Ecuador en esa época todavía se levantaban con linotipo.

Para entonces me identificaba con el socialismo con democracia. Mi héroe era León Trotsky, el revolucionario ruso que -más allá de los errores que hoy le atribuyo- se opuso al totalitarismo de Jose Stalin. Comunistas, maoístas y admiradores de Castro me tildaban de enemigo del pueblo por mis feroces criticas a los totalitarismos.

Participé en la vida interna de los sindicatos y organizaciones de campesinos como periodista, educador y organizador. La dictadura militar me metió por unos días en la cárcel.

Fundé un grupo político que nunca pasó del medio centenar de integrantes. No había descubierto todavía que no ostento ninguna de las cualidades que hacen al gran líder político, y que lo único que sé hacer, bien o mal, es periodismo.

Hice de todo para ganarme la vida. Vendí cajas fuertes y máquinas de escribir, fui maestro, sumaba cheques en un banco, imprimí papelería de oficina y reproducciones de arte y, por supuesto, no abandoné nunca el periodismo, no sólo en la prensa escrita sino además en radio y televisión.

​Viajé por America y Europa. Viví en diferentes períodos en Lima, Bogotá, México, Barcelona y Buenos Aires.

En Argentina permanecí algún tiempo. Aprendí a asar carne, a adorar el tango y, sobre todo, maduré mis ideas. Mi ruptura con la izquierda, y en general con todas las ideologías, era inminente.

Hoy no me considero ni de izquierda ni de derecha. Mis creencias actuales son muy simples: Creo en la búsqueda de la verdad por sobre todas las cosas, sin importar a quién le duela. Creo que el fin justifica los medios pero que, al mismo tiempo e indisolublemente, los medios deben justificar el fin. Creo que la historia de la humanidad es la historia de la lucha entre grupos, clases e individuos, unos por ampliar la democracia y otros por restringirla. Creo que el estado y el mercado son necesarios pero peligrosos, por lo que es indispensable construir mecanismos para regularlos. Detesto a los salvadores, a los jefes supremos y a los infalibles. Creo que la verdad no es patrimonio de nadie sino una obra colectiva. Creo que la vida es bella y merece ser vivida, pero solo tiene sentido si, al despedirnos para siempre, en algo hemos contribuido para que las nuevas generaciones la disfruten mejor.

Volví a mi país justo cuando estaba por comenzar el ciclo horroroso de varios bancos quebrados, tres presidentes destituidos, el estallido de la inflación y la dolarización. Diario Expreso me abrió una vez más sus puertas, aunque casi de inmediato pasé a El Universo, donde al poco tiempo fui ascendido a editor de Opinión.

Por esos días además encontré por fin a la mujer de mi vida y me casé con ella.

Mis artículos se publicaban por primera vez en un diario de gran tiraje, y para bien o para mal, provocaban las reacciones más encontradas. Un sector de la derecha política y ciertos banqueros le exigieron al diario que me despida. El momento de mayor tensión fue cuando la Corte Suprema de Justicia sesionó para decidir si me llevaba a juicio por haber denunciado la corrupción del salvataje bancario en la función judicial.

No lo consiguieron. El diario y los lectores me respaldaron, y pasé la prueba.

Casi por los mismos días nació mi segundo hijo. No podía haber un hombre más feliz sobre la tierra.

Pero el año 2005, Alfredo Palacio González, mi hermano mayor por parte de padre, se convirtió en presidente de la Republica. Un joven desconocido, Rafael Correa, asumió la cartera de Finanzas, y ese mismo día hizo declaraciones imprudentes que atemorizaron a la gente.

Entonces, como en las tragedias griegas, en la cúspide de mi carrera, cometí un desliz, un error que en ese momento pudo parecer insignificante. Publique un articulito llamándole la atención al novel ministro, para que tenga más cuidado al hablar.

No sabía, en ese instante, que unos años después, por ese articulito, acabaría en el exilio.

Niño
Bachiller

MI PRIMER ARTÍCULO

 

El mes de julio del año 1969 publiqué en la revista Nosotros, de los estudiantes del Colegio Cristóbal Colón de Guayaquil, mi primer artículo periodístico. Yo tenía 15 años, el hombre estaba por llegar a la Luna, la Rusia comunista había invadido con tanques Checoslovaquia para aplastar la libertad, y centenares de miles de jóvenes norteamericanos y de vietnamitas de todas las edades morían en una guerra absurda. En esa misma edición publicaron artículos el ex presidente del Ecuador Abdalá Bucaram y el ex vicepresidente Alberto Dahik, entre otros. Éramos una nueva generación que comenzaba a reflexionar sobre la demencia de nuestra especie. Si pudiese, cambiaría una palabra aquí y quitaría otra allá (hoy valoro más los métodos pacíficos y estoy menos dispuesto a dar mi vida, porque la vida así me lo enseñó). Pero aun sin esas modificaciones, que no me atreví a hacer, lo suscribo con el mismo entusiasmo de entonces.

¿CAMBIO TOTAL?

JUVENTUD REBELDE, ESTUDIANTES INCONFORMES, jóvenes revolucionarios, ¿cómo llamar a este artículo para que sea atrayente?, ¿para que lo lean?, y también, ¿por qué no decirlo, para que no asuste ni al director ni al consejero? No debería importar este detalle, no debería hacerme dudar ni por un momento y, sin embargo, el temor me hace pensar. Me acuerdo de la tarde del día jueves 5 de junio, en la que un pequeño, pequeñísimo grupo de estudiantes decidimos, tal vez por molestar, tal vez por gastar la paciencia, gritar todos a coro: ¡Huelga! ¡Huelga!

Esta manifestación de rebeldía pasó inadvertida para la gran mayoría de alumnos, mas no para dos sacerdotes. El segundo, no sabiendo qué actitud tomar, resolvió coger a cinco de los veinte o treinta de entre los que allí nos hallábamos y enviarnos a la dirección para que se nos impusiera un castigo. Nos iban a enviar a la casa por el resto del día, pues también en nuestro colegio un grupo de alumnos había decidido rebelarse en la forma más común que conocen: gritando “huelga”. Es por esto que tengo miedo, ¿cómo no se puede tenerlo cuando se confunde la lógica rebeldía e inconformidad juvenil con la conducta, que no es otra cosa que la habilidad de los alumnos para disfrazar sus travesuras? Como supongo que se entenderá mal el término que uso de rebeldía e inconformidad juvenil, paso a explicarlo, siendo este, en realidad, el tema de mi artículo.

Desde hace algunos meses se vienen suscitando acontecimientos protagonizados por jóvenes, no solo estudiantes sino también sacerdotes, que muestran muy a las claras el descontento reinante en el mundo moderno. ¿A qué se deben? ¿Qué causas los originan? ¿Es que no hay un solo joven que esté de acuerdo con los sistemas imperantes? ¿Es que el hombre ha fracasado en su tarea de hacer un mundo libre y justo para sus hermanos? Si no, ¿por qué mueren y se inmolan tantos jóvenes por las llamadas “causas perdidas”? ¿Por qué no aceptan la sociedad actual tal y como es y tienen así una existencia tranquila y prefieren pasar encerrados en la universidad, o metidos en la montaña, o ser baleados por la policía? Se han dado muchas causas: causas sociológicas, causas psicológicas, causas políticas; se ha dicho que hay falta de encauzamiento de la vigorosidad juvenil, se ha dicho que hay mucha influencia de Marte y de los rayos cósmicos, y sin embargo, hay un solo motivo y no fue dado por los jóvenes sino por los adultos, y este es el deseo de cambiar todos los sistemas existentes que encaminan al mundo a su destrucción; sistemas no solo socioeconómicos (comunismo, capitalismo) sino también morales, religiosos, políticos y filosóficos, es decir, eliminar un factor común: lo caduco.

“Eso es algo precipitado”, me dirán algunos, “hay cosas buenas”. ¿Qué?, les pregunto yo. ¿Qué puede ser bueno mientras existan los suburbios? ¿Qué puede ser bueno mientras existan mujeres que venden su cuerpo para poder comer? ¿Qué puede ser bueno mientras hay quien se sienta en tronos de oro y hay quien no tiene en dónde sentarse? ¿Qué puede ser bueno mientras existan trabas para que los faltos de medios económicos no ingresen a la universidad? ¿Qué puede ser bueno mientras se masacren estudiantes y no se alce una voz que los defienda? ¿Qué puede ser bueno mientras exista un país dividido como Alemania o Corea? ¿Qué puede ser bueno mientras se subyugue un país como Checoslovaquia y se quiere hacer lo mismo con Vietnam?

Hay cosas buenas, efectivamente, pero podrían ser mejores, y no es nuestro deseo el sentarnos a esperar a que con una labor conjunta y pacífica alcancemos poco a poco nuestros ideales. Queremos cambiarla ahora, en este mismo instante. La labor conjunta no debe tener otro fin que el de lograr que con una acción decidida y violenta cambiemos todos los sistemas imperantes. “Eso es anarquismo, subversión”, me dirán; nosotros no le hemos puesto nombre, si ustedes lo quieren hacer, háganlo, no nos importa. Seremos anarquistas, subversivos, rebeldes, vagos, si así conseguimos lo que deseamos, un mundo con algo más de justicia, algo más de amor, y sobre todo, con algo más de libertad; libertad que nos hace mucha falta, libertad para así no tener miedo al consejero, libertad para ser izquierdista o derechista, libertad para hablar o callar, libertad para gritar ¡huelga!, ¡huelga! en el momento en que mi corazón y mi conciencia de joven me dicen que debo hacerlo.

“¡Huelga! ¡Huelga!”, al principio dije “quizás lo hacíamos por molestar, quizás por gastar la paciencia”, mas no era por eso, era porque nos sentíamos, y nos sentimos aún, descontentos, inconformes. Desde niños nuestro corazón nos ha dicho que hagamos bulla. Echamos papeles al aire en el momento en que el maestro se da la vuelta, gritamos, hacemos ruidos molestos, con el pie, con la pluma, con la regla, y creemos que es por molestar, por fastidiar, sin darnos cuenta nosotros mismos que es nuestro llamado corazón de jóvenes, nuestra llamada conciencia, la que nos grita que debemos gritar, pues callar es una forma de consentir con lo que sucede.

​​Mas no debe ser así; no debemos malgastar nuestro ímpetu en esta lucha irreal, debemos guardarlo para la lucha final, lucha inspirada un poco en Cristo cuando nos dijo: “No penséis que vine a traer paz sobre la Tierra: no vine a traer paz sino espada”, lucha decisiva, cercana, en la que moriremos si es necesario, por construir un mundo mejor.