O SE CONFORMA UN NUEVO GABINETE, O NOS HUNDIMOS

Emilio Palacio

Seis o siete mil muertos en quince días no son una crisis…son una masacre. Las consecuencias son las mismas que si estuviésemos en guerra: miles de muertos y el estancamiento inminente de la economía.

Ahora bien, cuando un país entra en guerra, la legalidad cambia. En democracia se llama “estado de excepción”. Se sacrifican algunos derechos individuales, y nadie se escandaliza porque es por el bien común.

El problema es que para que funcione el estado de excepción se necesitan un país unido y un gobierno firme, y no contamos con ninguno de los dos.

El gabinete actual no puede unir al país ni gobernar con firmeza porque la población no tiene confianza en los ministros; casi nadie cree en las medidas que toman (ni siquiera cuando son medidas acertadas); y a cada paso despiertan la sospecha de que pretenden vender mascarillas con sobreprecio o enriquecerse con los bonos de la deuda externa.

No intento descalificar a ningún ministro. Algunos meten la pata a cada rato, pero otros han hecho una labor excelente. Sin embargo, todos gobiernan con la fuerza de la inercia, porque fuerza política no les queda ninguna.

En otros países, cuando eso ocurrió, los líderes conformaron un gobierno de Unidad Nacional. Mucha gente cree que Winston Churchill gobernó solito la Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, cuando en realidad gobernó Churchill a la cabeza de un gabinete de conservadores, socialistas y liberales, que se odiaban pero que se guardaron esos odios para salvar a la nación.

En el Ecuador el camino de la unidad política está bloqueado, y no hace falta demostrarlo; todos sabemos que es así.

Pero necesitamos alguna alternativa, porque todavía faltan diez meses para las elecciones.

En 1966 asumió Clemente Yerovi, que levantó al país de la postración en menos de un año. Siempre se habla de las capacidades de Yerovi, que eran muchas, pero pocas veces se recuerda el secreto de su éxito: Un gabinete conformado por personas de muchísimo prestigio, que contaban con la confianza de los ciudadanos, que se comprometieron a no hacerle ni deberle favores a nadie, y que renunciaron a cualquier aspiración política electoral inmediata para que nadie los vea como rivales sino como aliados.

En cierto sentido, esto ya se hizo. A comienzos del 2018, Lenin Moreno tambaleaba. Después de un año de insistir con el Socialismo del Siglo XXI, no contaba con ningún respaldo. Entonces el presidente se deshizo de Mangas, Vicuña, de la Torre, Rivera, Navas y Zambrano… y se salvó de la asfixia.

Esa bocanada de oxígeno duró dos años, pero se acabó. Ahora el presidente debe dar un nuevo giro, encomendándole la tarea de gobernar a un nuevo gabinete de hombres y mujeres independientes, dispuestos a negarles favores incluso a sus amigos, conscientes de que su tarea no será ser populares, y por eso mismo dispuestos a renunciar a cualquier rédito político inmediato.

Sin un gabinete así, ni el mejor programa económico tendrá éxito, porque el primer requisito para que una política económica funcione es el apoyo de la población.

Tampoco servirá la muerte cruzada, porque no podemos girarle un cheque en blanco a un gabinete en el que casi nadie cree.

Menos aun se puede convocar una consulta popular, que en estos momentos sólo serviría para llevar a a los ciudadanos al matadero del coronavirus en las mesas de votación.

¿Podrían los políticos boicotear un gabinete con estas características? Muchos lo van a intentar. Como no pueden gobernar, no quieren que otros gobiernen, y no me refiero sólo a Correa. Pero hay otros que están dispuestos a seguir con sus críticas de manera constructiva, porque tienen la confianza de que su turno llegará el año próximo, cuando el pueblo acabe en las urnas con esta incertidumbre.