“NO HAY GOLPE DE ESTADO PERO SÍ ESTADO DE GOLPE”

Emilio Palacio

Los sistemas de gobierno son como las máquinas, tienen fusibles que se queman cuando la carga política es excesiva. La tragedia actual del Ecuador es que dos gobiernos sucesivos quemaron casi todos los fusibles de la democracia, dejándola a punto de explotar. 

Hoy la democracia no garantiza ni empleo, ni educación, ni salud. La solución sería cambiar algunos fusibles. Pero el gobierno de turno, es como si no se diese cuenta o no le importase, porque no cambia nada, o cambia algo para que todo siga igual. (Alexandra Ocles por Rommel Salazar, o Paul Granda por Jorge Watted).

Lo más juicioso para los que no estamos en el gobierno, ni apoyamos su política, sería usar el fusible de las elecciones para cambiar el gobierno. Falta un año, es mucho pero no demasiado. Sin embargo hay gente muy golpeada por la crisis que se impacienta, y cuando eso ocurre, comienzan a reunirse  las condiciones objetivas (como diría un marxista) para derrocar al gobierno de turno.

Pero para que se dé un golpe, las condiciones objetivas no son suficientes. 

Se requiere además de ciertas condiciones subjetivas: un líder; un argumento que convenza a los mandos medios y la tropa; predisposición de un sector de la opinión pública para mirar para otro lado; hombres y mujeres para asumir los centenares de cargos públicos que existen en el Ecuador; y mucho dinero, por supuesto .

Hasta donde yo conozco, esas condiciones subjetivas aún no se cumplen. Eso podría cambiar, más tarde o más temprano, pero por el momento nadie está intentando tumbarlo a Moreno (excepto  Correa,  del  que hablaré  enseguida).

“No hay golpe de estado. Lo que hay es un estado de golpe”, me dijo Gustavo González Cabal, columnista de El Universo, y uno de los civiles que mejor conoce a las fuerzas armadas, resumiendo esto de que existen las condiciones objetivas pero no las subjetivas. 

A Correa le fascinaría derrocar a Moreno. En octubre pasado eso quedó clarísimo. Y tiene algunos millones de dólares en el bolsillo para financiar la aventura.

Pero no le resultará fácil, porque en los últimos cuatro años casi toda la cúpula de las fuerzas armadas le dio las espaldas a Correa, por no decir toda; y el correísmo como movimiento político quedó descabezado, después de que sus dirigentes se fueron a la cárcel, o al exilio, o se escondieron.

Agréguenle a eso que habrá que convencer a los militares de que se hagan cargo de un país en soletas, y de que acepten representar en los foros internacionales al primer país de América que rompería la legalidad en cuarenta o cincuenta años.  

Eso no significa que podamos dormir tranquilos. Hay un asunto que irrita muchísimo a los militares. Correa se dotó él mismo, como presidente, de la autoridad para impedir o promover ascensos de grado, desautorizando a los altos mando, y utilizó ese mecanismo para meterle la mano a las fuerzas armadas. Moreno heredó esa facultad y no ha querido derogarla. Es más, ya la usó para intervenir en algún ascenso. Falta poco para que se produzcan nuevos ascensos. Ojalá que en el Palacio de Carondelet dejen que en esta ocasión las fuerzas armadas se manejen de manera profesional y no política, porque de lo contrario ellos mismos se estarán moviendo el piso.