LUCES Y SOMBRAS DEL MEJOR ALCALDE QUE HAYA TENIDO GUAYAQUIL

Emilio Palacio

Dentro de dos días, el alcalde de Guayaquil Jaime Nebot presidirá por última vez la conmemoración de la gesta de la independencia del 9 de Octubre de 1820. Es un buen momento para comenzar la discusión sobre el balance de su obra. Y digo “comenzar” porque los balances definitivos, cuando se trata de asuntos públicos, requieren tiempo. 

Correa, que es muy astuto, preguntó varias veces: ¿Por qué me critican a mí cuando me quiero reelegir y no lo critican a Nebot, que se ha reelecto tantas veces? 

Al parecer nunca le explicaron que a los presidentes se les aplica el principio de la no reelección porque manejan las fuerzas armadas, las cárceles y el presupuesto del estado, y eso es demasiado poder, incluso para un buen presidente.  

Los alcaldes, legisladores y jueces, en cambio, sólo tienen un poder legal y moral. Dependen del ejecutivo para hacer cumplir sus órdenes, y por eso el peligro de la concentración de poderes es menor.

Pero la demagogia de Correa funcionó, y por eso en las elecciones que se avecinan, los guayaquileños no podrán reelegir a Nebot, como quisieran. 

Un gran administrador que sabe aprender

Nebot ha sido un extraordinario alcalde sobre todo por dos razones:

Primero, porque es un excelente ejecutivo, al punto que convirtió al Municipio de Guayaquil en la mejor demostración de que es falso que el estado sea “un mal administrador”. Ya querrían muchas empresas del sector privado manejarse como el Municipio de Guayaquil. 

La clave está en un presupuesto equilibrado, con disposiciones financieras tan estrictas como las de un banco. A él le gusta llamarlo “el modelo”, y el nombre está muy bien puesto, porque sus regulaciones deberían ser convertidas en ley (con cambios que se adapten a ciudades muy distintas).

Nebot ha sido un gran alcalde, además, porque sabe aprender, algo extraño en una sociedad machista, donde se supone que el hombre maduro es casi perfecto. 

Nebot creía, por ejemplo, en la mano dura. La policía municipal reprimía brutalmente a los vendedores informales, a los homosexuales y a cualquier ciudadano descontento con la gestión municipal. Recuerdo cómo le cayeron a patadas a los que protestaron durante la inauguración de la estación Pradera I de la Metrovía (frente a diario El Universo) o en la inauguración del túnel del Cerro Santa Ana. 

Sus seguidores justificaban esa conducta con el argumento de que de otro modo “la ciudad se caotizaría”. Pero Nebot fue más perceptivo, tomó en cuenta las denuncias, se volvió más tolerante, y hoy los policías municipales tienen un comportamiento distinto. Hay excesos, pero no son la regla. Y si hace treinta años, como gobernador, clausuró varias radios por criticar al gobierno, yo puedo dar testimonio de que no soy su periodista favorito pero nunca recibí una llamada, ni una insinuación siquiera, por alguna crítica, de las muchas y bien duras que le hice. (No puedo decir lo mismo de un grupito muy pequeño de seguidores fanáticos que contestan con insultos a cualquier cosa que no les suene a aplauso). 

Nebot aprendió también que se le debe dar atención prioritaria a los pobres, sobre todo después de las elecciones del 2004, cuando casi la mitad de los suburbios le votó en contra. Fue entonces cuando la regeneración urbana (que había comenzado en el pelucón Barrio del Centenario) se orientó hacia los barrios marginales, con Marcia Gílbert al frente del trabajo en los barrios suburbanos, y a Nelsa Curbelo en el trabajo social con las pandillas. 

 

Foto: El Universo

 

La equilibrio ecológico, los derechos de la mujer, el respeto a todas las ideologías e incluso la promoción de los espacios para las bicicletas, que en los primeros años estuvieron completamente descuidadas en el plan de trabajo nebotcista, hoy son prioridades. 

Hay que mencionar también la promoción del turismo y el arte, incluyendo en este último rubro la nueva Orquesta Sinfónica y el flamante Espacio Muérgano Teatro. Varias veces he comentado a mis nuevos amigos aquí en Miami, mi extrañeza por no haber visto tantos pasos a desnivel pintados por pintores reconocidos, como en Guayaquil. 

Un político no tan exitoso…

Pero si Nebot es un excelente alcalde, en cambio es un mal político. No es la primera vez que lo digo, ya lo escribí alguna vez en El Universo, y me sorprendí cuando el mismo Nebot me citó en una mesa redonda a la que nos convocó Joyce De Ginatta. 

Digo que es un pésimo político porque ninguna de sus iniciativas políticas ha tenido éxito. Perdió las elecciones para presidente por dos ocasiones, su partido quedó reducido a un movimiento cantonal, y casi todos los dirigentes históricos del socialcristianismo lo abandonaron. 

Sus defensores contestarán que lo hemos reelecto varias veces, pero yo replico que no es lo mismo reelegir a un alcalde en funciones, con una obra que mostrar, que entregarle el puesto a quien no hemos visto nunca en acción, y cuando Nebot ganó la alcaldía por primera vez, el triunfo en realidad fue de Febres-Cordero, y lo mismo ocurrió cuando lo eligieron legislador. 

Los proyectos legislativos que llevan su firma fueron un fracaso: La AGD, de triste recordación; el impuesto a los depósitos bancarios, que produjo una corrida financiera; la ley de exoneración de impuestos en Guayaquil, que sólo la aprovechó una empresa (que después demandó al estado por incumplimiento). 

En realidad el período legislativo de Nebot no está asociado a ninguna ley sino a un famoso insulto a gritos que ya no representa al Nebot de ahora. 

Nebot es un buen administrador y un mal político porque sabe dar instrucciones a los funcionarios leales que lo rodean, pero en cambio le cuesta mucho construir un equipo con gente que le discuta y lo contradiga con alguna esperanza de ser escuchado. 

Nebot cree, lo ha dicho varias veces, que hay dos clases de personas: las que hacen y las que dicen, y él es de los que hacen. Pero eso es porque para construir puentes, parques y calles no se requiere convencer a mucha gente sino darle órdenes a unos pocos. En cambio, para dirigir un país hay que convencer casi diariamente a todo un pueblo, donde coexisten opiniones e intereses muy distintos, de que se ha escogido el camino correcto. Los presidentes también construyen escuelas, pero sobre todo tienen que poner a trabajar a los buenos maestros; construyen hospitales, pero sobre todo tienen que conseguir el compromiso de los buenos médicos; y deben armar a más policías, pero sobre todo deben convencerlos de que sean honrados y combatan a la delincuencia. Los alcaldes no dirigen la economía ni siquiera de su ciudad, no deciden el nivel de los salarios, ni las tasas de interés, ni los impuestos más importantes, por lo que no necesitan convencer a nadie de que su política económica es la adecuada.

Es este pragmatismo de Nebot lo que explica su único gran éxito político, y al mismo tiempo, su mayor fracaso: La forma en que enfrentó a Correa.

Al principio, en una primera etapa (del 2007 al 2014), cuando Alianza País se propuso destruir a Guayaquil, Nebot defendió a la ciudad con uñas y dientes, se colocó sin recelo del lado de los que defendían la democracia, y convocó a los guayaquileños a pelear. La imagen de Nebot, en La Cadena, intentando llegar a Montecristi, fue su punto más alto en ese período. 

Pero las cosas cambiaron. Correa, que además de pragmático es un cínico, viendo que el país se le complicaba, concluyó que debía rebajar el nivel de confrontación con Guayaquil. Nebot recibió el mensaje y contestó del mismo modo, hasta que finalmente se dieron la mano, sonrientes, en la inauguración del nuevo edificio de la Contraloría en Guayaquil. El alcalde se justificó diciendo que estaba dispuesto a reunirse con quien fuese para servir a Guayaquil, aunque más bien ocurrió al revés, porque fue la ciudad la que sirvió a un gobierno que tambaleaba, permitiéndole por varios meses que utilice el dinero del Municipio para atender “gastos urgentes”.

 

Foto: Ecuavisa

 

Después de eso Nebot volvió a convocar los guayaquileños sólo tres veces, cuando la gente desbordaba las calles en el resto del país y resultaba imposible mirar para otro lado; no apoyó la exigencia de una consulta sobre la no reelección (prefirió una consulta sobre el precio de los pasajes); no hizo campaña por el NO en la consulta que convocó el Gobierno; quiso aislar al único candidato presidencial de oposición con posibilidades de éxito, Guillermo Lasso; prefirió buscar una alianza con Ramiro González; dividió a la oposición en las elecciones; y se negó a apoyar la denuncia de Lasso de que se cometió un fraude, exigiendo que primero le muestren la prueba documental del robo.

Lenin Moreno no sería hoy presidente si no fuese por Nebot, que además insiste en buscar correístas que se quedaron sin puesto, como Carlos Luis Morales, para regresarlos a la función pública. 

Una estatua, una gran avenida y un recuerdo

Nadie sabe si en las próximas elecciones presidenciales Nebot será candidato. Lleva casi diez años insistiendo en que no, pero todos están convencidos de que a lo mejor sí, porque sus principales colaboradores lo aseguran con entusiasmo. En esta ocasión cuenta, además, con un gobierno amigo, y sobre todo no tendrá rivales si consigue que la antidemocrática exclusión de Lasso (por tener inversiones en Panamá) se mantenga.

Lo que sí podemos afirmar es que algún día, Guayaquil levantará una estatua en honor de Nebot. Todos aplaudiremos el merecido homenaje, y quizás por eso serán varias estatuas y además alguna gran avenida con su nombre. 

Pero aunque esos monumentos sean el recuerdo que guardará la inmensa mayoría de los ecuatorianos, en los libros de historia, que no los leen muchos pero que algunos sí los leen, se hará un balance más equilibrado, para incluir no sólo las luces sino también las sombras del pésimo político que llegó a ser un gran alcalde.